En la vida diaria de un niño o un adolescente, equivocarse es tan naturalcomo aprender. Los errores aparecen de muchas formas: una tarea olvidada, unejercicio mal resuelto, una instrucción que no se comprendió del todo o unadecisión impulsiva con amigos. Aunque estas situaciones pueden generarinquietud en los adultos, forman parte esencial del proceso de crecimiento y decomprensión del mundo.
Hablar del error no implica señalar fallas, sino reconocer que elaprendizaje no es un camino lineal. Está lleno de intentos, ajustes, tropiezosy descubrimientos. Los niños no construyen su carácter a partir de lo que hacenperfecto, sino enfrentando aquello que necesitan mejorar. Cada equivocaciónabre un espacio para conocerse mejor, evaluar opciones y descubrir habilidadesque aún están en desarrollo. Por eso, lejos de ser un fracaso, el error puedeconvertirse en una oportunidad real de crecimiento.
Un ejemplo cotidiano se presenta en el ámbito académico. Cuando un alumnoolvida entregar una tarea, es común que intente justificarse o explicarrápidamente lo sucedido. Sin embargo, cuando logra reconocer su error y asumirla consecuencia sin culpar a otros, surge un aprendizaje mucho más profundo queel académico. Ese proceso fortalece la organización, la atención y la formaciónde hábitos que lo acompañarán a lo largo de su vida. No es el error en sí loque enseña, sino la responsabilidad con la que se enfrenta.
Cuando un niño puede observar lo ocurrido sin miedo, sin pena y sin excusas,da un paso importante hacia la madurez. Este ejercicio de honestidad consigomismo abre la puerta a preguntas fundamentales: ¿qué hice?, ¿qué ocurrió apartir de eso?, ¿qué puedo hacer diferente la próxima vez? Estas reflexionesfortalecen el pensamiento crítico, la autorregulación emocional y la toleranciaa la frustración. En este camino, la responsabilidad aparece como la compañeranatural del error.
Asumir consecuencias —grandes o pequeñas— enseña que no somos espectadores,sino protagonistas de nuestra propia vida. La responsabilidad no buscacastigar, sino invitar a reflexionar y a tomar mejores decisiones. Para losadultos, acompañar este proceso puede resultar desafiante. El impulso deproteger, explicar o resolver por ellos suele surgir con facilidad. Sinembargo, al evitarles las consecuencias, también se les priva de la experienciade aprender que pueden afrontar, reparar y mejorar. Es precisamente en esedescubrimiento donde comienza a construirse la autonomía.
Permitir que un niño viva una consecuencia no significa dejarlo solo.Implica acompañarlo sin intervenir de inmediato, observar con confianza y creeren su capacidad de aprender de lo vivido. Esa confianza es, en sí misma, unaforma profunda de amor que fortalece su seguridad y su independencia.
También es comprensible que para los padres resulte difícil aceptar que sushijos se equivocan. En ocasiones, el error parece reflejar algo sobre nosotroscomo adultos, cuando en realidad habla únicamente de la etapa de desarrollo enla que se encuentran. La infancia y la adolescencia están pensadas paraexperimentar, fallar, intentar de nuevo y construir criterio propio. Reconoceresto aligera la carga emocional tanto para los hijos como para quienes losacompañan.
En el colegio, los errores no se viven como alarmas, sino como materia primadel aprendizaje. En el aula, en el recreo y en los proyectos, los alumnosprueban, ajustan y vuelven a intentar. Lo que necesitan es un entorno seguro yadultos que comprendan que educar no es evitar que se equivoquen, sinoayudarles a descubrir qué les deja cada experiencia. A largo plazo, los niñosque han aprendido a asumir responsabilidades se convierten en jóvenes másconscientes, seguros y capaces de tomar decisiones acertadas, no porque nofallen, sino porque saben cómo actuar cuando algo no resulta como esperaban.
El proceso de crecer está lleno de aprendizajes visibles y otros mássilenciosos. Entre estos últimos se encuentra el valor del error y la fuerza dela responsabilidad. Vividos con paciencia, guía y cariño, se transforman enherramientas que acompañan toda la vida. Y, en ese camino compartido, tambiénlos adultos recordamos que seguimos aprendiendo, equivocándonos y creciendojunto con ellos.
Angeles Galnares
Coordinadora de Pastoral Académico
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